« Habitudes » - Alain Schifres -
Avoir des habitudes pour le plaisir d’en changer…
[Le dictionnaire amoureux des dictionnaires]
Existe en inglés una expresión que, por medio de una imagen, certifica que lo que se acaba de decir es confiable. Dicha locución se emplea, pues, para asegurar que lo que uno acaba de afirmar lo sabe de buena tinta, generalmente de una fuente primaria: straight from the horse’s mouth.
«Every other tribe in the country wants to know what’s going on down here. We know the papers don’t get the story right. They want it straight from the horse ’s mouth.» [Linda Hogan. Mean Spirit. 1990]
¡Por supuesto! ¿De dónde más podría brotar la veracidad sino de la boca de un caballo? Y es que, según la tesis difundida por los estudiosos de la fraseología inglesa, esta locución tiene su origen en el mundo de la hípica. En efecto, cuando uno se mete de lleno en las apuestas y las carreras de caballos, tiene clarísimo que para ir a la segura necesita información de primera mano sobre la condición del caballo favorito. Para ello, se procurará obtener datos de individuos cercanos al animal. Pero, ¿y si uno pudiera conseguirlos con el propio caballo, como en un diálogo entre Wilbur y Mister Ed? Es tal la idea contenida en la locución de valor descriptivo que introduzco en esta entrada.
Un poco de cultura científica
Las Caperucitas Rojas se reproducen por fisión binaria. Este término complicado quiere decir que se dividen en dos: a finales de otoño, la Caperucita Roja se queda dormida, bien arropada en su madriguera, repleta de buenas tortas de mantequilla y, en primavera, de la manera más natural del mundo, dos Caperucitas Rojas salen a retozar alegremente en la hierba fresca y las agujas de los pinos. En tiempos pasados, desde luego, los lobos —¡porque todavía había lobos, en esos tiempos benditos!— les hincaban el diente a algunas, con el cesto, la torta y el tarrito de mantequilla para completar el lote. Es lo que se llama el equilibrio de las especies: el depredador (el lobo) evitaba de ese modo la proliferación de las Caperucitas Rojas. ¡Así es! Hace ya diecisiete años que los lobos desaparecieron del bosque y, ahora, hay 131 072 Caperucitas Rojas corriendo a través de los bosques, buscando a su gentil Abuela y haciendo estragos irreparables en la naturaleza.
Lobos…
El último lobo, un viejo lobo pusilánime, ya no se atreve a hincarle el diente a una sola Caperucita al doblar el sendero. Las ve pasar, con sus mandíbulas deterioradas castañeando de miedo y de hambre.
… y abuelas
En cuanto a las Abuelas, ¡ay pobrecillas! ¡Por mucho que se escondan en el ropero, debajo de la cama, en la chimenea (hasta se llegó a encontrar una atrapada en el televisor), no hay nada que hacer! Tienen que tragarse la sempiterna torta (un poco enmohecida) y la mantequilla (no muy fina) que doscientas o trescientas Caperucitas Rojas despiadadas les meten a la fuerza en la boca. Las Abuelas lamentan amargamente los tiempos en que se las comían los lobos.
Pierre Laurendeau, Les Petits Chaperons rouges, ediciones Deleautur, 1991. || Traducido del francés por José Lisandro Sánchez-Salas.
Un péndulo
Cubierto de moho
Oscila en el vacío
El fuego arranca
El espacio
Devora inexistencias
La línea se proyecta
En la expansión
Desgarra esterilidad
Entre lo irracional
Y lo infinito
Dos niños juegan
A ser felices
El siniestro suspende
Su risa
La chispa se ha
Extinguido
On se jauge mutuellement, de manière continue, à travers la pertinence de ce que l’on a à dire. Nous sommes amis avec les gens qui nous semblent pertinents. […] Après manger et dormir, la chose peut-être la plus importante dans notre vie, c’est la pertinence de ce que l’on dit. — Jean-Louis Dessalles.
Hace un tiempo que algunas palabras se me vienen encima mimetizadas como inocentes criaturas dentro de los libros; tal vez como un tardío a ver quien puede más, una vindicta oculta de ellas por utilizarlas muchas veces para sostener argumentos inefables, que fueron tenidos —a pesar del oximoron sustancial que encierran— por ciertos. — J.E. Leonetti.
Hola, querido:
Mil gracias por la investigación.
Para mí, ‘icoglán’ era una palabra perdida, porque cuando la leí no pude encontrarla en ningún diccionario -y en esa época no existía internet para orientarme en la búsqueda-.
Ahora, gracias a vos, sé qué son los ‘estúpidos icoglanes’, pero se han volado de los textos de Schwob que tengo a mi alcance, y no creo haber leído el que vos mencionás…
En fin, las palabras son traviesas, y éstas se me esconden.
Me pregunto cuántos años más pasarán hasta que pueda volver a encontrarlas… (cuando aparezcan, te avisaré dónde estaban).
Un cariño,
Vivi
Viviana, una amiga, me envió esto:
Bueno, una palabra que a mí me parece que se ha ‘perdido’ es icoglán. Recuerdo haberla leído en una traducción de un libro de Marcel Schwob (no sé en cuál). Hablaba de “estúpidos icoglanes”. Me pasé una tarde releyendo por encima los libros que tengo de él, pero no encontré el texto. Al fin, creo que icoglán es lo mismo que eunuco, pero nunca estuve del todo segura. ¿Será ésa una palabra perdida? Tal vez vos la conocés, y si no, tal vez la encontrás…
Vopisco. ¿Le sugiere alguna idea esa palabra? Bueno, si no es así, no se preocupe. Tampoco la busque en el DRAE. No, ni siquiera en el Nuevo Tesoro Lexicográfico [a]. Pero quizás usted quisiera saber de dónde he yo sacado ese vocablo y por qué parece ser tan importante como para dedicarle una entrada en este sitio. Bien, por dos razones.
Hace tiempo, escuché a alguien hacer una reflexión que me pasmó. Primero porque me sentí algo torpe por no habérseme ocurrido antes el mismo pensamiento; segundo porque además era cierto. Decía entonces ese individuo cuya conversación pudo haber sido totalmente irrelevante de no ser por el dicho al que aludiré: que el dolor que experimenta un padre al perder en la muerte a un hijo suyo es inenarrable, hasta tal punto que no existe en castellano una voz para expresarlo.
Flâner, faire semblant de travailler, voilà des occupations très humaines. Si l’oisiveté a toujours fait l’objet de censures, elle n’en demeure pas moins un état « naturel » chez les hommes. On ne s’étonnera pas alors du nombre de synonymes et mots rattachés au concept de paresse car, bien que critiquable, l’homme n’a pas encore découvert toutes les façons de ne rien faire. Si l’on y réfléchit, le farniente peut même devenir un mode de vie : le génie des hommes ne cessera de s’inventer des raisons pour se reposer.
Et si l’idée de perdre du temps n’était pas envisageable pour le Lapin blanc du pays des merveilles, c’est loin d’être le cas pour bon nombre de gens qui, estimant que leur droit au repos justifie encore quelques minutes de pause, ne ratent pas l’occasion de se débarrasser de n’importe quelle tâche vécue comme une corvée, tout en feignant de s’occuper à faire quelque chose.
La variété des mots ayant trait à la notion de « oisiveté », disions-nous, est d’une richesse expressive particulière et c’est pour cette raison que nous consacrons ce premier billet à l’histoire du verbe glander.